Mi historia

De niño, me perdía siempre por casa. Mi madre pasaba momentos de angustia buscándome, pero eran breves; sabía dónde encontrarme: en el patio rodeado de los muñecos de mi hermano bajo un paraguas que convertía en un mundo fantástico, o más mayor en Granada, en el cobertizo que cada día se transformaba en la entrada a un universo nuevo. Ahí, solo con mi imaginación, vivía tramas épicas. Primero en solitario, y luego invitaba a mi mejor amigo a compartirlas. No era escapismo; era amor puro por habitar vidas ajenas, por invitar a otros a unirse al juego y compartir emociones. Ahí nació todo: el pulso de ser actor, de transformar lo ordinario en épico, de conectar con lo profundo a través de personajes inventados. 

Crecí, y esas historias se volvieron mi manera de vivir. Hacía reír hasta las lágrimas a mis amigos imitando a nuestra profesora de Biología en un grupo de Facebook improvisado, o al profesor de gimnasia en una trama de narcotráfico. Más tarde, en la universidad, coincidí brevemente con una chica de Zaragoza –dos años mayor, fanática de los franceses– y usé todas mis herramientas para convertirme en un Erasmus de Lyon con un español más o menos digno. Pecados juveniles, sí, pero dos lecciones eternas: la primera, que el acting no es fingir, es conectar auténticamente, hacer que el público sienta y crea. La segunda, que Lyon no tiene playa. Entendí que no había escape: mi cordura dependía de contar historias responsablemente. 

Tomé el camino clásico –gran escuela de teatro, cursos infinitos, esfuerzo máximo– pero lo desmantelé. Gracias a mentores increíbles de España (te cuento en persona), aprendí que actuar es Ser. Sin reservas. Bajé expectativas irreales, subí ambición genuina: ser una pieza perfecta en el engranaje de una historia, con rigor y creatividad. Hoy, inmerso en personajes que desafían realidades, colaboro con profesionales del teatro y audiovisual (echa un ojo a mis proyectos en el CV). Si buscas un actor que infunda alma a guiones –con libertad creativa, rigor obsesivo y capacidad única para conectar–, hablemos. Soy todo oídos.